Conoce a Ramiro Reynoso, chofer de la División 1 de Metro

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Son las 7:35 de la mañana en la parada de Metro Whittier y Hoefner en el Este de Los Ángeles y poco a poco aparece en la distancia el autobús de la Línea 18 de Metro.

Mientras espero en ese frío helado de la mañana de invierno, llega el camión anaranjado, se abre la puerta y lo primero que veo es la sonrisa del chofer Ramiro Reynoso con un buenos días.

Me subo al autobús y me presento; pasó mi tarjeta TAP por la máquina y me siento para partir a nuestro destino: la estación Metrolink en la calle Flotilla en Montebello, su última parada. No hablo para no distraerlo hasta que llegamos y entonces comienza nuestra charla que sólo durara los diez minutos que tiene de descanso para retomar su ruta de nuevo a Koreatown.

Reynoso lleva tres años y medio trabajando como chofer de la División 1 de Metro. Es joven, apenas comienza los 40, tiene un aspecto medio rockero y su meta es retirarse en esta agencia del transporte pues tiene muy buenos beneficios. El conductor, de la línea 18 y 66 no soñaba con ser chofer y digamos que fue una oportunidad como llegó a éste lugar.

“Me había quedado sin empleo y en la oficina de trabajo estaban ofreciendo un curso para ser choferes de autobús con Metro. Sin pensarlo dos veces tomé la oportunidad y aquí estoy”, expresa mientras se baja de su instrumento de trabajo a la pequeña plaza para estirar los pies y descansar de estar sentado.

unnamed-3Desde entonces recorre las calles de la ciudad. Su ruta 18 arranca desde Koreatown, pasa por el centro de la ciudad hasta llegar al Este de Los Ángeles y va de regreso.

“Aquí se sube de todo. Mucha diversidad. Ahorita tengo pasajeros latinos, pero luego paso por el centro y son otros y en Koreatown pues otro tipo de pasajeros”, dice y sonríe.

Reynoso es la primera generación de una familia de inmigrantes provenientes de Guadalajara, Jalisco. Sus padres salieron de su país en busca de una vida mejor.

“Allá en el rancho no había nada”, comenta agregando que ya tiene una vida hecha aquí en Los Ángeles. Es casado y tiene un hijo y eso es lo que más le apasiona. Su familia. Su hijo de 13 años es deportista; juega waterpolo, básquetbol y béisbol y cuanto tiene tiempo le gusta asistir a sus encuentros deportivos. Además, forma parte de un equipo de softbol de Metro, incluso ayudó a diseñar el logotipo de la camiseta del uniforme deportivo.

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Dice que le gusta su trabajo como chofer de Metro. Conoce gente diferente. En Koreatown, algunas de sus pasajeras mayores de edad le regalan panecillos. También le ha agarrado afecto los “regulares”. Ya sabe en que parada toman el autobús todos los días y si no están a tiempo, se asegura de esperarlos.

“A veces los veo que vienen cruzando la calle y los espero para que lleguen temprano a su trabajo o escuela”, cuenta. Aunque no lo puede hacer todo el tiempo pues tiene que cumplir con un horario y si se retrasa mucho, otros usuarios pueden llegar tarde a sus destinos.

Lo más difícil de su trabajo es ver que los pasajeros se enojan cuando no puede detenerse a recogerlos.

“A veces le pegan al camión para que me pare y gritan, pero quiero que entiendan que no puedo detenerme porque es peligroso”, dice. “No puedo frenar porque es un camión muy pesado y al frenar abruptamente, la gente se puede caer o lastimar sobre todo si van de pie. Un carro también me puede pegar atrás”.

Ramiro sabe que su trabajo es importante pues de eso dependen miles de personas que van a sus empleos, a la escuela, al médico u otros lugares. También sabe que es una gran responsabilidad conducir un transporte público.

“Es una trabajo muy estresante. En cuanto te subes, sientes el estrés en tus hombros porque llevas vidas”, me platica, luego somos interrumpidos por un joven que le pregunta cómo llegar a Union Station.

El conductor amablemente le da instrucciones precisas, luego saluda por unos segundos a un compañero chofer de la línea 66 de Metro y me dice que ya es tiempo de regresar.

Ahí vamos de nuevo, en cuanto topamos el bulevar Whittier, la gente comienza a abordar el vehículo. La mayoría lo saluda con un buenos días y él les responde con amabilidad. Paradas después, se sube un caballero que luego de contar el dinero le dice que no completa la tarifa. El chofer lo mira y le responde: “Don’t worry about it”. Y luego llegamos a la parada en la calle Hoefner. Ahí me bajo y lo veo alejarse hasta que desaparece el color naranja que distingue la flotilla de autobuses de Metro.